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Demasiada confusión. 2 Julio 2008

Posteado por Benegas en : Siglo , trackback

Cuando las cosas van bien se explican por sí mismas. En este supuesto la bondad de la propia situación deriva hacia un estado de satisfacción que genera una realidad aceptable. Pero cuando las cosas van menos bien los ciudadanos preguntan por el presente y por el futuro, en ocasiones con inquietud justificada. Entonces es cuando la política tiene que jugar un papel predominante empezando por ser conscientes de que nuestra jerga, nuestra manera de expresarnos  no es fácil de entender para el común de los mortales. Euribor, Ibex, diferencial de inflación, ajuste presupuestario, etc.

 

A partir de este contexto en el que avanza la incertidumbre comienza la batería de preguntas. ¿Por qué los bancos que anualmente exhiben unas cuentas rebosantes y cuantiosos beneficios resulta que ahora no tienen liquidez y están contrayendo el crédito? ¿Por qué es mejor tener una inflación baja a costa de subir los tipos de interés, que encarecen el dinero, dificultan más todavía el acceso al crédito hipotecario para la adquisición de la vivienda, e incrementan el pago de las cuotas de los que ya lo tienen, restringiendo en su consecuencia la capacidad adquisitiva de los ciudadanos sobre otros bienes aminorando el consumo? ¿Por qué un solo país puede paralizar la voluntad de veinticinco o veintiséis Estados de avanzar en la construcción europea? ¿Qué tipo de modelo democrático es este? ¿Cómo es posible que se colapsen las carreteras los fines de semana y “puentes” y se incremente el número de españoles que viajan al extranjero si estamos en crisis? ¿Por qué hace años la semana de treinta y cinco horas era un objetivo a alcanzar y ahora se habla de sesenta y cinco horas semanales? (la gente no tiene porqué conocer los pormenores de esta controvertida directiva).

 

En otro orden de cosas sitúese el lector en cualquier país latinoamericano, que recibe una noticia que supone que un compatriota que se trasladó a Europa a buscar trabajo y no tiene “papeles” pueda ser detenido durante dieciocho meses para tramitar su repatriación sin haber cometido ningún delito. Este es el primer impacto que causa la directiva  sobre repatriación en aquellos países. Inmediatamente recuerdan el trato y acogida que ellos dispensaron a los sin papeles  del exilio de nuestra guerra civil y a la fuerte emigración económica española sobre todo de canarios, gallegos y vascos fueron recibidos con afecto y hospitalidad. Ya se que la directiva es más compleja, que a España no le afecta y que nuestro sistema es el más garantista de todos. Es esto tan cierto como que no debemos pensar que los ciudadanos de  Arequipa (Perú) o  Guayaquil (Ecuador) conocen con detalle las directivas europeas. No perdamos nunca de vista que tuvimos un exilio político, fuimos un país de emigrantes y que éstos son, ante todo,  personas que merecen un trato acorde a esta condición y que han huido de la pobreza y del hambre que sus países les ofrecían como proyecto vital.

 

La evidente derechización de Europa nos atribuye una mayor responsabilidad, si cabe,  porque somos casi el único referente para una izquierda europea derrotada en las urnas y desorientada  en sus proyectos políticos. Creo que la legislatura pasada fue brillante en cuanto a avances democráticos, logros sociales, cooperación al desarrollo y  lucha por la igualdad que marca nuestra identidad socialista. No dilapidemos este capital porque el socialismo español es una esperanza para muchos ciudadanos europeos y no europeos. La Europa a veintisiete constituye un enjambre muy complicado, requiere de equilibrios y pactos, concesiones y pragmatismo negociador. Nada es fácil, pero la destreza política consistiría en mantener, en medio de estos equilibrios, los valores del socialismo democrático sin merma en su esencia,  si convencemos a los demás de que Europa debe ser solidaria, justa en lo social, y generosa con los más desfavorecidos, mejor.

 

 

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No es desdeñable y debe caer en el vacío la propuesta de Jacques Delors, europeísta profundo con ideas innovadoras, de crear la Europa de la energía lo mismo que los europeístas de los años cincuenta concibieron la comunidad económica del carbón y del acero, embrión de la CEE.

 

 

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