Recuerdo de Enrique Casas. 13 Febrero 2009
Posteado por Benegas en : Siglo , trackbackEl 23 de febrero de 1.984 la banda terrorista ETA asesino a Enrique Casas, era el secretario de organización del PSE en Euskadi y el primer senador de la democracia española asesinado por ETA. Sucedió en plena campaña electoral vasca, sólo faltaban tres días para las segundas elecciones autonómicas vascas. El lema de campana fue” Por la paz, Txiki Benegas Lehendakari. El PNV posiblemente conocedor de nuestro ascenso en los sondeos, desató una ofensiva contra mi persona, poco democrática, incitadora de lo que luego pasó. “La paz de Txiki Benegas es la del GAL. La paz de Txiki Benegas es la de los cementerios. Votad a quien queráis menos al PSOE”. Eran los años de plomo duro. Sólo en 1980, ETA había asesinado a 100 personas
Eran las cuatro menos cuarto de la tarde Enrique estaba en casa con su hijo Richard, de 17 años, y el pequeño Andreas. Llamaron al timbre y al creer que eran dos obreros de una obra cercana les abrió la puerta. El terrorista José Luis Merino le disparó dos tiros, uno en la cabeza y otro en el cuello, que le impactó la yugular. Casas corrió por el pasillo de la casa gritando “sois unos cobardes, cabrones” y al llegar al cuarto de su hijo se desplomó. El pistolero le descargó trece tiros en la espalda, y huyó.
Él sabía de los riesgos que entrañaba su valiente lucha contra la violencia y nunca dio un paso atrás. La política se dignifica, se ennoblece y aparece desprovista de cualquier interés personal y de toda ambición cuando se es consciente de que se puede perder la vida y aún sabiéndolo se continúa en la lucha por los ideales. Frente a la caricatura hostil de la política como espacio de intereses personales Casas representa la esencia de la política, el compromiso individual, con lo que uno piensa, y el colectivo, con la sociedad en la que uno vive. Precisamente la política es la antítesis de la violencia que acabó con Enrique y con tantas personas en Euskadi y en España. La política es la fuerza de la palabra frente al vacío sinsentido de las armas; la capacidad de convencer frente a la cobardía del que intenta vencer liquidando al “otro”.
Durante aquella noche terrible del 23 de febrero de 1984 no dejé de preguntarme quién había matado a Enrique Casas. ETA, evidentemente, pero esta respuesta era demasiado fácil. A Enrique Casas lo asesinaron la intolerancia y el fanatismo. Pero ¿la intolerancia y el fanatismo derivados de qué? No encontré más que una única respuesta: Las balas que asesinaron al senador Enrique Casas anidaban o crecieron en la expresión violenta de un nacionalismo extremo entendido como la sublimación de una idea de patria que, convertida en valor supremo indiscutible, da fundamento, desemboca en una auto adoración colectiva que justifica la eliminación física de quienes no participan de la “causa” ni de sus delirios excluyentes
No puedo aceptar fácilmente que haya transcurrido un cuarto de siglo ya. Tengo tan vivas las imágenes que vivimos en un hotel de Bilbao cuando nos llegó la triste e inconcebible noticia: han matado a Enrique Casas. A los que estábamos juntos Ramón Jáuregui, Alfonso Guerra y yo mismo, se nos hundió el mundo. Primero fue el dolor en la sorpresa, la rabia después, la difícil contención de nuestros sentimientos para poder continuar, por lo que él representaba, por su trayectoria, por su enorme personalidad, por su familia.
Sin duda, Casas hubiera sido uno de los líderes más destacados del socialismo vasco, y posiblemente del PSOE. Su trabajo, su esfuerzo, quedó en las Casas el Pueblo que recorrió durante su etapa como secretario de organización, en las conversaciones con los compañeros, en las horas sin descanso dedicadas a la imprescindible reorganización de las estructuras, en la formación y coordinación de los militantes. Trabajo fundamental también para conseguir que muchos ciudadanos perdieran el miedo a tener en el bolsillo el carné de un partido político, a defender públicamente sus ideas, a convencer a otros a través del ejercicio de la palabra y de la necesidad de un PSE fuerte una Euskadi plural donde el acuerdo y el entendimiento entre diferentes eran factores que empezaban a resultar imprescindibles para construir un País Vasco.
Creo que el mejor homenaje que le podríamos hacer a Enrique y a todas las víctimas del terrorismo son las palabras que pronunció su viuda, Bárbara Dührkop, en el 22 aniversario de su asesinato: “Enrique, espero que algún día llegue el día en que podamos decir lo hemos conseguido. Por fin Enrique, nuestros hijos y nuestros nietos viven en una Euskadi en paz”
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