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Perpetuarse en el poder. 3 Noviembre 2009

Posteado por Benegas en : Siglo , trackback

Perpetuarse en el poder.

 

Muchos países latinoamericanos están revisando sus Constituciones en diferentes aspectos, quiero en estas líneas hacer referencia a la supresión de la imposibilidad de reelección de los Presidentes de Gobierno. La cuestión no es en ningún caso pacífica, viene rodeada de fuertes polémicas, y como ha sucedido en Honduras ha sido el pretexto para dar un golpe de Estado inadmisible. El tratamiento que se da en los medios de comunicación, incluidos los nuestros, es sesgadamente diferente según se trate de un Presidente conservador o de mandatarios de izquierda, estén vinculados o no al bolivarismo.

 

Si la  cuestión la plantea Uribe, Presidente de Colombia, no pasa nada, se argumenta que “lo está haciendo muy bien y es una lástima que se le termine el mandato”. Parece que Uribe va a desistir del empeño porque no ha conseguido la mayoría parlamentaria para la reforma Constitucional. Ahora bien, si la cuestión la plantean  Chávez, Evo Morales, Correa o Zelaya, estamos ante la perpetuación en el poder, ante una reelección indefinida, así se hizo la contracampaña de Venezuela, o ante el apego sin límites de los “caudillos populistas” al poder.

 

Cuando escucho en los debates, en la habituales tertulias la utilización de las expresiones “reelección indefinida”, “perpetuación en el poder” para hacer referencia a estas situaciones pienso que se está informado erróneamente a los ciudadanos, bien por ignorancia o bien intencionadamente sobre todo cuando se trata de políticos de izquierda.

 

Los mencionados términos no son correctos, en primer lugar porque lo que se está proponiendo no es una “reelección indefinida” sino que la elección presidencial no tenga limitación de mandatos, lo cual es muy diferente. Tal es así, que el propio sistema admite la posibilidad de que ni siquiera se produzca la reelección del Presidente saliente porque el pueblo decida votar a favor de otro candidato. Por lo tanto la inexistencia de limitación de mandatos no implica en modo alguno la reelección. Es el pueblo el que decide en cada momento.

 

En tal sistema la soberanía del pueblo para que elija a su Presidente es plena sin que se establezca ninguna limitación de tiempo para quien ha ostentado hasta ese momento la Presidencia. De igual manera que el candidato de la oposición que pierde con reiteración las elecciones tiene derecho a presentarse cuantas veces quiera, si le proponen sus correligionarios, con mucha más razón el candidato que ganó las últimas elecciones debe tener derecho a intentarlo de nuevo si es propuesto para tal desempeño por un partido o sus plataformas de apoyo. ¿En virtud de qué principio democrático el Presidente de un Gobierno tiene que tener menos derechos que un ciudadano cualquiera cuando se convocan elecciones y se abre el plazo para presentar candidaturas? Por lo tanto lo que se está planteando es plenamente democrático, más si cabe que la limitación de mandatos, porque es el pueblo el que decide en todo caso, no un precepto limitativo para ser candidato.

 

Se argumenta por parte de los detractores de la limitación de mandatos que se trata de evitar la corrupción, “el poder corrompe”, es la frase acuñada para defender esta posición. Éste es un razonamiento ahormado por el pensamiento conservador que cree que la corrupción se combate limitando los años de las posibles prácticas ilícitas. En el caso de que no actúen los contrapoderes de control del Estado, se acorta el tiempo útil para las fechorías, nada más. Este argumento, además, encierra una presunción de culpabilidad general para los políticos y para la política que no debemos admitir desde la izquierda como fundamento de la limitación de mandatos. Si hay corrupción están los tribunales para juzgar y condenar, conservando el pueblo la potestad de volver a votar a un mandatario que haya hecho leal uso del poder.

 

Además de lo anterior en el caso de Honduras no se está informando correctamente sobre el problema de fondo. La Constitución hondureña, de manera insólita, establece que determinados artículos, entre los que se encuentra el que regula la duración de los mandatos presidenciales, son irreformables. Ante esta situación Zelaya había convocado un referéndum  consultivo no vinculante para conocer la opinión de su pueblo sobre la posibilidad de convocar elecciones para una Asamblea Constituyente que reformara la Constitución. Lo que no pensó es que por esta cuestión iba a acabar depositado en pijama en un país vecino, después de un secuestro, además bendecido por la inefable jerarquía de la Iglesia Católica.

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